
«Lo que si tengo claro es que el virus en cuestión ha sacado a relucir uno de los aspectos más vergonzantes de nuestra sociedad. Me refiero al trato que reciben los ancianos que viven en residencias. La mayoría de ellas, aunque de titularidad privada, se nutren de los miles de millones de euros que —de nuestros impuestos— dedican las Consejerías de Servicios Sociales a la atención de personas con un cierto grado de dependencia social. Al olor de ese dinero, estas residencias han brotado como setas en primavera.»







