Reflexiones
Por Javier Álvarez, psiquiatra

Me pide un amigo que escriba algo sobre el coronavirus y el confinamiento. Llevo cuatro meses atónito y en silencio. Atónito porque jamás pensé que se pudiera encerrar a toda la Humanidad en sus casas y privarla de sus derechos más fundamentales con tantísima facilidad. En silencio porque no acierto a explicarme las mil y una lagunas, errores, contradicciones y hasta delitos que implican las actuaciones llevadas a cabo por las autoridades públicas durante la gestión de esta crisis.

Se han dado muchas interpretaciones de lo ocurrido. Demasiadas, diría yo:

  • Desde las más desatinadamente conspiranoicas, como por ejemplo: que las cien familias más VIP del Planeta —las cuales para “gozar” de la vida necesitan de las fero-hormonas que liberan los niños a los que torturan hasta morir— han perdido el apoyo de Trump y trasladan sus negocios y sus domicilios a China, donde han conseguido el beneplácito del Partido Comunista Chino para poder seguir realizando sus ceremonias satánicas con tal de que acepten la dictadura de dicho Partido como Nuevo Orden Mundial.
  • Hasta las más despóticamente oficialistas, como la del Presidente de Filipinas, que ordenó disparar a matar a quien no respete las normas de confinamiento.

Yo no voy a dar la mía entre otras razones porque porque no la tengo: no encuentro una explicación lógica que me permita comprender el por qué y el para qué de los pavorosos hechos ocurridos en estos tres meses.

Lo que si tengo claro es que el virus en cuestión ha sacado a relucir uno de los aspectos más vergonzantes de nuestra sociedad. Me refiero al trato que reciben los ancianos que viven en residencias. La mayoría de ellas, aunque de titularidad privada, se nutren de los miles de millones de euros que —de nuestros impuestos— dedican las Consejerías de Servicios Sociales a la atención de personas con un cierto grado de dependencia social. Al olor de ese dinero, estas residencias han brotado como setas en primavera.

Los que conocen un poco el tema ya venían siendo conscientes, y algunos de ellos denunciando, el trato inhumano, degradante y vejatorio que mayoritariamente reciben estas personas en esos establecimientos. Situaciones atroces… inimaginables: personas muertas en su habitación y nadie se entera hasta pasadas dos o tres días, ancianos que se han caído de la cama y se han fracturado una pierna o la cadera y llevan 24 ó 48 horas en el suelo sin poder moverse y en medio de horribles dolores, sin que nadie acuda a atenderlos…

Este infierno, desconocido para casi todo el mundo, el COVID lo ha sacado a la luz y lo ha hecho patente para todos. Para muestra de ello el lector puede consultar, entre otros muchos, los siguientes enlaces:

El problema no es sólo nuestro, sino que afecta a todos los países europeos, incluso los que aparecen siempre en los primeros puestos de buen funcionamiento social:

No creo exagerar si afirmo que nos hallamos ante el comienzo de un verdadero genocidio, es decir, el exterminio de un grupo social (los ancianos) por motivos político-económicos. Escribo esto hoy, diez de junio de 2020, el mismo día que cumplo setenta años. Soy, pues, un anciano al que le gustaría saber qué piensa hacer con él su país (al que paga impuestos) y qué piensa hacer con él la Unión Europea (a la que también paga impuestos)…

Desde aquí apelo a las autoridades nacionales y europeas para que se definan claramente sobre este problema, es decir, para que diseñen con claridad y pongan en marcha las líneas de actuación que se van a seguir con este cada vez más numeroso grupo de población. No vale seguir escondiendo la cabeza… ¡como dicen que hace el avestruz!

 

Peñíscola, 10 de junio de 2020
Javier Álvarez, psiquiatra

Trabajó 40 años en el Hospital de León (“Complejo asistencial universitario de León”), los últimos 8 años como Jefe del Servicio de Psiquiatria.

Fundador e impulsor del movimiento “Nueva Psiquiatría”